Viridiana

Volteo y me encuentro con una chica joven, guapa pero llena de una mirada conocida. Esos ojos café claro y pestañas enormes hicieron que mi ser se estremeciera. Como un destello, su apariencia física y su parecido hicieron que mi mente regresara a la etapa de la preparatoria:

Llevaba ya tres años en ella y aunque sabía desde hacía varios meses que no la terminaría, asistía gustoso a la misma. Había un motivo que no dejaba abandonar de todo el despertarme temprano y viajar casi hora y media hasta ese lugar: Viridiana.

Tenía dieciséis años cumplidos. Yo, veinte. Era muy alta para su edad ya que le llevaba por unos cinco centímetros, más o menos. Piel muy blanca, cabello lacio, castaño a media espalda, Viridiana tenía uno de los rostros más bellos que haya visto. Un par de lunares colocados estratégicamente; uno cerca de la boca, el otro, en el cuello. Nariz, labios, dientes perfectos pero sobretodo, un par de ojos cafés claros y unas pestañas enormes, gruesas y largas enmarcadas por unos anteojos discretos. Sólo tenía un pequeño defecto, era un poco robusta, grande, como se burlaban mis amigos y compañeros. Yo iba por mi tercer año reprobado en mi etapa escolar. Uno en secundaria, uno perdido en la vocacional y el que recién terminaba. Vivía la etapa en la que no tenía motivo para creer en nada. Usaba el cabello largo, una incipiente barba crecida y mi ropa no variaba mucho de los pantalones de mezclilla rotos, camisetas negras y una eterna chamarra de piel del mismo color.

Un par de semanas antes de salir de vacaciones, se acercó y mientras penetraba su mirada en mí, tomó mi mano y quitando un anillo de plata de mi dedo, lo colocó en uno suyo diciéndome: -Yo, Viridiana, te acepto a ti, como mi esposo. Y mostrando a todos mi anillo en su dedo gritó que ya estábamos casados. Desde ese momento, no dejó de estar presente día y noche en mis pensamientos. Me ilusioné.  Durante ese par de semanas ella, que aunque iba en un grado escolar menor al mío, visitaba el clan de amigos que habíamos formado. Ahí,  se me acercaba y fingía ser mi novia. Me abrazaba, jugaba con mi cabello, con mis manos y al despedirse mandaba besos al aire en dirección a mí. Mis compañeros se burlaban, decían que “la gorda” quería conmigo y éramos el uno para el otro, por la estatura, más que nada. Me molestaba que le llamaran así, pero me ilusionaba que de verdad fuera cierto.

Justo un día antes de salir de vacaciones y ante mi nula acción para decidirme a declararle mi amor, mi mejor amigo Juan me llevó hasta ella, con la intención de que si no le decía lo que sentía en ese momento, él se lo haría saber frente a quien fuera. Así que, armándome de valor, subí a la planta alta del Edificio T, donde ella estaba sentada en el barandal. Sonriente me preguntó a qué iba y fue entonces que comencé así:

“Vine porque te voy a contar un cuento, una historia, de hecho. Erase que se era un tipo feo, greñudo, barbón, que siempre traía la misma ropa maltrecha, aunque sí la lavaba ¿eh?. Pues bien, un buen día, de esos en los que la huelga de la UNAM estaba en su apogeo, iba con sus amigos al parque de Las Culturas donde los habían mandado a tomar clases extramuros. De repente, vió que se acercaba lentamente una chica alta, cabello largo y una sonrisa en la boca. Sus ojos se detuvieron en uno de mis amigos, digo, uno de sus amigos, ya que él, pues te digo que era feíto. Pero pudo observar claramente el par de ojos más hermosos que haya visto jamás. Se enamoró de esos ojos y esas pestañas enormes y… -¿Y qué?-, preguntó Viridiana intrigada pero a la vez bastante divertida, ya que me encontraba caminando de un lado del pasillo al otro ante los nervios de declararme por vez primera en mi vida.  -Y pues ya. Eso es todo.- Dije rendido ante la insoportable sensación de sentirme observado por la abrumadora mirada de ella.  -No creo que sea todo-, dijo sonriente, se me hace que hay más. -Pues sí hay más pero… -titubeé un momento, pero haciendo de tripas corazón, por fin lo hice: -¿Quieres ser mi novia?

Se levantó del barandal en que se encontraba sentada. Borró su sonrisa y dejó de observarme. Miró hacía el horizonte, como si buscara justo el lugar a donde iba a mandarme y muy seria me dijo: -Sabía que dirías eso…- Y tomando aire prosiguió: -Punto número uno, tengo novio. Punto número dos, si no tuviera, andaría con Alfredo, tu amigo, sabes que es él el que me gusta. Y punto número tres, no me gustas, estás feo. ¡Tienes los dientes chuecos!-.

Me quedé atónito. El mayor temor de ser rechazado se había cumplido y además, de la manera más vil que siquiera había imaginado. Comenzó a decirme que éramos amigos, que me quería mucho y que algún día llegaría alguien indicada para mí. Dijo todas esas cosas que mi mente de inmediato bloqueó ya que me encontraba como en el limbo. Me volteé y caminé a la escalera dejándola hablar sola. Dejó de interesarme lo que de sus labios hasta hacía unos segundos antes tan deseados, fuera a salir.

Caminé sordo y atorado de dolor en la garganta hasta donde se juntaban mis amigos del clan. Ellos sabían que iría a declararme. Me senté en el suelo mientras algunos me observaban. Juan me preguntó qué había sucedido, no le respondí. No podía aunque hubiera querido. Me levanté de nuevo y me dirigí al baño. Quería llorar pero no frente a ellos. Entré y me encontré solo ante el espejo. Me observé por un momento. De verdad era ilógico que alguien tan bonita se fijara en mí. ¿Cómo pude atreverme siquiera a imaginarlo? Entonces, recordando sus palabras, fingí sonreír. Observé el rostro de un pobre imbécil que había caído en la bajeza de la ilusión, en la miseria del amor. Con una rabia hasta ese entonces nunca experimentada, cerré mi puño y justo con el anillo que me había llenado de ilusión golpeé al pobre infeliz. El sonido del cristal rompiéndose contrastó con el silencio que dominaba en el interior del baño. Había destruido a aquel que osaba en ser feliz cuando ni siquiera lo merecía. Bajé la cabeza y al observar el lavabo lleno de esquirlas que reflejaban mi rostro distorsionado decidí darme la vuelta y salir. No quería que mis amigos me vieran mal. Con el mismo puño ensangrentado y adolorido sequé la única lágrima que había brotado. Ahora entiendo que fue justo una la que mereció su amor.

Alberto Rivera

Incitatüs

(Mayo’11)

Imagen: internet

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~ por incitatüs en 21 mayo 2011.

4 comentarios to “Viridiana”

  1. Y no merecía más, porque lo más importante es lo de adentro. Además he conocido mucha gente que no es ni linda por fuera ni por dentro y se dan el lujo de maltratar a personas valiosas por seres que no valen nada. Y creo que Viridiana ers un una tonta que no supo apreciar tu corazón, besos muchos

  2. saludos jaja, la costumbre de poner besos

  3. Alberto es triste lo que cuentas, pero a veces uno no entiende los sentimientos como se presentan y lo digo con experiencia. Hay personas que tu les das el alma y te apedrean y otras que les das cal y te aman. Definitivamente Viridiana, no estaba escrita para tí pero seguro que no era alguien que realmente importara, un beso

  4. que bueno leerte de nuevo

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