Diez para las siete

-Tío, ya son diez para la siete- dijo mi sobrino e intenté abrir los ojos pero sólo logré alzar las cejas. Tenía un poco más de una hora que había regresado de dejar a mi hermana menor a la parada del autobús y quería dormir una hora más. Sentía el cuerpo partido, como doblado, con las ganas muertas, los deseos cansados y el sueño inconcluso, donde de nuevo me veía visitando mares lejanos, llenos de espuma y olas blancas, peñascos rocosos con algunos árboles en la cima y donde la brisa suave despeinaba mi cabellera, donde me hacía sentir un aire de tranquilidad.

-¿Ya tío? Son cinco para las siete- volvió a despertarme y haciendo un esfuerzo casi sobrehumano logré ponerme de pie; tambaleé mientras me ponía las sandalias, una sudadera y mi gorra, ya que me dí cuenta que no tenía abundante cabello como en el sueño. Casi de mal humor tomé la cartera, el celular y las llaves del auto, pero sabedor también que tenía el compromiso de llevarlo a la secundaria, así como a mi hermana a la parada del autobús por la ola de delincuencia de la colonia, traté de resignarme.

Abrí el zaguán, tenía la costumbre de meter el auto de reversa, así que podía sacarlo de frente más que nada para tener a la vista el entorno de la calle. En menos de tres meses habían sido sorprendidos, amagados y robados tres de mis vecinos que entregaron sus autos a los amigos de lo ajeno. Había algo común en los tres casos, la hora, entre las seis y siete y media de la mañana, a la hora en que llevaban a sus hijos a la escuela y justo mientras sacaban sus autos de la cochera, por lo que trataba de extremar precauciones en ese determinado momento. Saqué el auto, pero como ya lo había hecho costumbre, no bajé para cerrar el zaguán, eso lo haría mi sobrino al momento de salir. Todo parecía normal, me molestaba bastante el tener que llegar al miedo, al extremo de la inquietud, a hacerme a la idea que podría perder mi auto, que aunque no era nuevo, me había costado bastante hacerme de él y que esa mañana lucía de un color especial, radiante incluso. Mientras esperaba a que saliera pensaba que mi nuevo cuñado,  novio de la mamá de mi sobrino y el cual decía ser policía federal, debía ser quien llevara al hijo de mi hermana una de esas patrullas todopoderosas, y con ello, me dejaran dormir por más tiempo.

La luz matinal de repente se volvió sombría, como si en lugar de amanecer, fuera la noche la que venía. Entonces reconocí en la esquina el pequeño taxi color blanco que días antes daba vueltas al rededor de la calle. Me puse tenso, sabía que sería yo la siguiente víctima de los asaltantes, fue cuando de repente, me vi acechado por un tipo quien con una enorme chamarra de Los Steelers de Pittsburg me mostraba lo que parecía una arma larga de las que usan los narcotraficantes. Observé que otro tipo se acercaba y por el lado del copiloto intentaba abrir la puerta, que contrario a lo usual, estaba cerrada.  Recordé entonces que el nuevo novio de mi hermana y que decía ser policía federal, me había obsequiado un revólver color plateado y me había recomendado dejarlo debajo del asiento, “para cualquier cosa”, como me dijo. El tipo que me asechaba me habló, incluso sonrió sabiendo que no tardaban en llevarse mi auto, pero armándome de valor, bajé el cristal eléctrico, y cuando intentó abrir la puerta, saqué el arma y poniéndolo en su frente disparé. Inmediatamente después apunté al tipo de la otra puerta, que inmóvil observó lo sucedido, al cual disparé, y atravezando el cristal del auto le di justo al pecho y salió volando varios metros. Arranqué furioso el auto, me di cuenta que el pequeño taxi color blanco encendía las luces e iniciaba la marcha en reversa. Tal vez pensó que la operación de sus compinches había sido un éxito más, pero al momento de alcanzarlo y ponerme justo frente a su ventanilla, disparé de nuevo y dándole en un ojo, inmediatamente comenzó a brotarle sangre. Regresé a la casa, no quería que mi sobrino que no había salido aún, viera los cadáveres regados frente al zaguán, lo cual era ya tarde, ya que estaba parado justo en medio de ambos cuerpos sin vida y los miraba consternado.  Bajé del auto, no sabía que decirle, me había convertido en un asesino despiadado, sin alma, gozoso de lo que había hecho y justo al momento de acercarme a él, me tomó del hombro y sacudiéndome fuertemente para despertarme me gritó: -¡Tío!, ¡Ya son las siete!

Incitatüs
(febrero’11)
imagen: internet

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~ por incitatüs en 1 febrero 2011.

3 comentarios to “Diez para las siete”

  1. Muy buena historia amigo la verdad cada vez que leo algo tuyo haces que me atrape la lectura de una manera que muy pocos lo han logrado, aunque te confiezo que ya me estabas espantando jajaja sigue asi espero poder leer algo mas adelante … besos

  2. Me gusta. Varios hemos tenido este sueño.

  3. realmente es bueno, el principio fue solo un poco lento pero ya entrados en emoción me gusto mucho.. me paseare mas por aquí

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