Y diche uno, y diche dos, y diche adiós…

Era miércoles por la mañana. hacía un poco de frío y decidí salir de la farmacia y recargarme en el poste de la esquina con la finalidad de calentarme un poco con la luz del Sol. Mientras observaba a los transeúntes pasar, de prisa algunos, otros más con pasos lentos, observo que se detiene un vochito color verde chillón a media calle y la persona que va del lado del copiloto me grita desde ahí: “¿No quiere que le rotulemos la farmacia?”. Justo por esos días había decido que sería buena idea darle un cambio radical a la imagen del negocio, así que preguntándoles cuánto me saldría pintarla, borrarle los viejos rótulos y hacer uno nuevo con el logotipo que tenía un par de días había diseñado, acordamos empezar a hacerlo.

Fueron a desayunar y les dí dinero para comprar la pintura; resultó que el tipo más joven, de unos veinte años mas o menos, era conocido mío de hacía muchos años. Al más viejo, de unos cuarenta, no lo conocía. Tardaron un par de horas en regresar y empezar a trabajar. El joven, del cual no sé su nombre, no paraba en hablar y en chulear mi auto, decía que le gustaba y alardeaba diciendo que él había tenido uno mejor y que lo había destrozado manejando en estado de ebriedad, como si eso fuera un orgullo. Me había recordado a otro amigo que hacía lo mismo y al cual le enorgullecía contarme sus anécdotas nefastas como el drogarse y al cual le decíamos “El Mariguas” por obvias razones. El otro tipo, rubio, bajito, algo robusto, cara amigable, tenía los brazos llenos de tatuajes, una voz delgada y la mirada serena. Me confesó que trabajaba de “payasito” y que el “Marigüitas” era su dj. En la plática y mientras ellos trabajaban, el “Payasito” me contaba de sus andanzas dedicado al arte del entretenimiento. Decía que anteriormente había caído en las drogas, pero que gracias al haber conocido a la que era su esposa y el tener dos hijos, había logrado superar esa adicción. Decía en tono de burla, que era el colmo que siendo asmático, se metiera tantas cosas. Que tenía algunos parientes que habían muerto por el asma y que él sabiendo eso, no le había interesado. Sin embargo, ya lo había superado. Decía también que no se sentía como el patrón del joven “Marigüitas”, sino quería darle un poco de consejos y enseñarle cómo él había logrado salir de sus malos pasos. Que ser payasito era una noble profesión y que hacer reir a los niños, como los suyos, era agradecerle a Dios.

No terminaron ese día de pintar, me dijeron que lo dejarían para hacerlo el siguiente, ya que irían a terminar un trabajo anterior que tenían pendiente. El payasito, un poco apenado me dijo: “no seas mala onda, no le he pagado al chalán, dame doscientos pesos a cuenta para darle algo y tengamos hoy para comer”, a lo cual, y sabiendo ya hasta donde vivía, acepté. No fueron sin embargo al siguiente día. El viernes en la tarde, se aparecieron diciéndome que se les había complicado, pero que el día sábado terminarían el trabajo. Con un “ya qué”, acepté y se fueron. Fue hasta el martes, que al darme cuenta que no habían ido a terminar y después de maldecirlos dentro de mí, fui a buscarlos en donde me habían dicho. Estaba resignado a no encontrarlos, pero justo entrando a la calle donde me dijeron, vi el vocho color verde chillante estacionado frente a una casa y me sentí afortunado. Toqué fuerte el zaguán, realmente estaba molesto por la falta de seriedad de su parte. Pensé que se habían burlado de mí por haberles dado un anticipo. Salió el “Payasito”, traía el rostro a medio pintar y con un aire apenado me confesó que su hijo había estado internado y no había podido ir a terminar mi rótulo. Me dijo que ese día tenía un compromiso para hacer un show lo cual obviamente era cierto, y que  al día siguiente irían a terminar. Acepté molesto, le dije que ya no lo esperaría más si no iba y sin despedirme de él, subí a mi auto.

Fue solo, el “Marigüitas” no lo acompañó y terminó de rotular mi pared con el logo que diseñé. No resultó como lo había querido, pero con tal de que terminara, lo acepté. Quedamos en que al siguiente día dejaría un contacto fuera de la farmacia para que con una compresora, pintara la cortina. Quedamos en que lo haría temprano para que diera tiempo a secarse, ya que tenía que subirla a más tardar a las nueve de la mañana.

Llegué a las nueve de la mañana, llevaba media cortina pintada. Le reclamé la falta de seriedad en su trabajo. Me dijo que había tenido mala noche porque su hijo estaba enfermo. Le dije que lo entendía, pero que yo necesitaba abrir temprano el negocio. Quedó cayado. No diciendo nada, entré al negocio por la parte de atrás para esperar a que terminara. Pero por la parte de adentro, se había llenado de thiner y pintura el aroma. Era bastante denso, lo cual me hizo salir. Como no podía hacer nada, seguimos platicando un rato. Me confesó que se había molestado con el “Marigüitas” y que hasta su mamá se había metido en la pelea. Que se sentía mal porque aparte le debía dinero que no tenía, ya que su hijo seguía enfermo. Un par de horas y después de que hubo secado la cortina, abrí y le pagué. Se acercó a un aparador de la farmacia y viendo una réplica del cuadro de la Virgen de Guadalupe en estilo surrealista, me pregunto cuánto costaba. Recordé que mi hermana, quien trabaja conmigo me había dicho que alguien lo había apartado con diez pesos, y él me confesó que había sido él quien lo había hecho. Lo saqué y se lo dí. Se lo obsequié de buena gana y mientras él miraba fijamente el cuadro lo noté conmovido. En la noche pasó de nuevo. Se había bañado. Le dije de broma que se veía diferente, que debía bañarse más seguido. No sonrió. Me pidió un medicamento para su hijo, el cual no le alcanzó, pero quedó en pagármelo después. Nos despedimos ahora sí de mano y yéndose agradecido subió a su vocho verde chillón.

La siguiente noche, mi hermana se me acercó y me dijo mientras yo cenaba: “Vino el “Marigüitas, dice que falleció el “Payasito”. De asma”. Me quedé cayado, lo único venía a mi mente era su rostro amable, la voz serena, sus ojos tristes y aquel olor a thiner y pintura que yacía en mi cortina.

 

incitatüs

(noviembre’10)

imagen: internet

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~ por incitatüs en 15 noviembre 2010.

3 comentarios to “Y diche uno, y diche dos, y diche adiós…”

  1. A mí sí me gustó tu historia incitatüs.

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