Las Tortas

Las tortas

 Tenía ya un poco de hambre. Era sábado por la tarde y la señora del restaurante que me lleva de comer no trabajó ese día. Marce se había quedado en la farmacia, ella salía a las cuatro de la tarde y yo tenía que apurarme a llevar los pedidos a las otras sucursales. También tenía que pensar que iba a comer, ya que por el lugar en el que se encuentra el negocio, mis posibilidades eran prácticamente nulas de comer algo saludable. Sin embargo, el tiempo y la desidia me ganaron y el hambre me llevó al puesto de tortas que está frente a la Central Camionera de Pachuca. Pedí una torta Especial. Milanesa, pierna, quesillo y salchicha. Tenía que comer bien para aguantar lo que restaba del día, ya que no podría salir de nuevo a buscar otra cosa. Así que, el gordito bigotón tortero, empezó a preparármela.

Casi inmediatamente después de pedir mi suculenta tortota, llegó una familia que había encargado antes que yo su pedido. –“¿Qué pasó con mis tortas güero?”, preguntó el jefe de familia, un señor de aproximadamente cuarenta años, que aunque tenía más de la mitad lleno de canas, tenía bastante cabello. Un bigote bicolor muy largo y por su apariencia y forma de vestir, deduje que debía ser un trabajador de la construcción o mejor dicho, todo un albañil. Llevaba una camiseta bastante grande con un ancla enorme que decía: US Navy. Un pantalón de mezclilla deslavado y zapatos que aunque viejos, parecía que los había mal boleado ese día.

-“Ya están, ya están, ahorita te las sirvo” respondió el “güero” tortero bigotón algo molesto por tanto ajetreo de varios pedidos, mientras el cliente acercaba un banquito a su esposa y a sus hijos para poder comer justo en la barra del puesto. La señora, que calculé casi la misma edad que marido, usaba ropa bastante humilde. Un pantalón de color rosa de los que ya no se usan, tenis blancos que al igual que su esposo, se veía que estaban recién boleados, lo que me pareció algo cómico que pudiera suceder. Traía una chamarra gruesa de color negro y el cabello suelto. Los niños no tenían mejor suerte. La niña, de unos diez años aproximadamente, usaba un pantalón que le quedaba un tanto pequeño. Era de esos que tienen florecitas bordadas a los costados. Una camiseta blanca que más que nada parecía amarilla de percudido pero que pensé era la que utilizaba para la escuela. El niño, de unos siete años, utilizaba una camiseta del Cruz Azul que seguramente habían comprado en algún puesto en el tianguis a muy bajo precio. El niño usaba un pantalón que ostentaba un dobladillo bastante pronunciado. El pantalón también traía florecitas.

-“Chingá, le dije que sin grasa”, comentó el señor después de recibir su torta de longaniza y entregar a su familia las suyas. Mientras le quitaba el excedente de grasa con una servilleta, la señora comenzó a hablar: -“Sí, ¿cómo ves a la Lorena?, le dije que mejor se fuera con el Toño al tianguis y que le ayude aunque le pague menos que Mary. Es que se pasan, están viendo que apenas le alcanza para sus medecinas y no le ayudan. Además ya le dije que yo si puedo le presto pero a réditos, pero que no me deje a sus pinches chamacos latosos porque me cae un día de éstos sí les voy a soltar un “chingadazo.” –“Pos no sé. Pero yo ya te dije que no quiero que te metas con esa pinche vieja que no’mas se la pasa chingando la madre con eso de que está enferma. ¡No tiene nada!, no’mas se está haciendo pendeja para que mi compadre deje a la otra vieja”. Y así comenzaron una charla que por la cercanía en que me encontraba, me resultaba casi imposible ignorar.

-“¿Y ya le distes a tu mamá los veinte pesos que te prestó la otra vez? No quiero broncas con la pinche bruja de tu madre. Va a pensar que no tengo ni para pagarle sus favores… ¿Qué? ¿No le pagastes? ¡No mames pinche Leticia! ¿Porqué no se los distes?” –“Es que le puse crédito a mi celular porque ya no traía y tenía que marcarle a mi hermana y a mi mamá y…” –¿Y para qué les ibas a marcar? ¿Para decirles que no le ibas a pagar por ponerle crédito a tu celular? Te pasas de babosa, me cai.” Y mientras yo empezaba a devorar mi torta especial, me sentía afortunado y poco divertido por la tan extraña y fuera de serie platica de éstos esposos.

Mientras la niña de vez en cuando interrumpía a su mamá en la charla para decirle algunos datos del chisme que seguramente la mamá no le estaba contando a su marido, el pequeño niño comía su torta de salchicha sin probar el pan, a lo cual el jefe de familia recriminó diciéndole: “Cabrón, el pan también me lo van a cobrar”. Así pasaron algunos minutos de una sabrosa torta especial y del aún más sabroso deleite de cultura urbana en una plática que se llevaba con la boca llena de pan y grasa.

-“Yo te voy a decir una cosa. Me cai que si mis hijos no jueran mis hijos, y tú me dijieras que sí, la neta si me enteraba sí te venía matando y a ellos también. Para qué chingados me quieren ver la cara de pendejo como a tu hermano. Y la verdá te voy a decir algo. A tu hermano lo mataron por pendejo. Que no vengan con que lo engañaron y que le hicieron brujería y que lo drogaron y que no sé qué, no, ni madres, lo mataron porque el Gallo se dió cuenta que sus hijos eran del Fernando. Además ni modo que él nunca se diera cuenta si se estaba echando a la pinche vieja del Gallo. La verdá, tu hermano era un pendejo. Y lo mataron, por ser un pendejo”. Y diciendo ésto, la señora que escuchaba atenta a su marido, soltó un par de pequeñas lágrimas que terminaron justo en la torta de milanesa que llevaba a su boca. A lo cual, su pequeña hija que observaba y escuchaba todo, se acercó y la abrazó mirándola fijamente a los ojos. El niño, al ver que su hermana hacía esto, se bajó con bastante trabajo del banquito que le quedaba alto e hizo lo mismo diciéndole: “no llores mami”. Al ver que sus palabras habían dolido a su esposa, el señor se limpió el bigote bicolor con una servilleta grasosa, se levantó y se acercó y dándole un beso en el cabello le dijo “Perdóname, ¿sí?”, y abrazó a su familia que de alguna manera se había reunido en el asiento de la madre que ya lloraba desconsolada.

No terminé mi torta. Pedí que me pusieran la otra mitad para llevar. Pagué y en seguida me dirigí al auto. Algo en mi garganta no me permitía seguir comiendo. De regreso al trabajo, pude ver a un niño que le daba la mano a su padre y a una madre que hacía lo mismo con su hija. La cadena se completó al señor extender a su esposa la mano para atravesar la transitada avenida. Me di cuenta que a pesar de todo, de las clases y los prejuicios, aún existe algo que se llama familia. Me di cuenta que a pesar de todo, aún existe algo que se llama amor. 

incitatüs

(Agosto’10)

imagen: internet

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~ por incitatüs en 22 agosto 2010.

8 comentarios to “Las Tortas”

  1. Claro, Alberto.
    Sólo que es menos sencillo advertirlo.
    Un beso.

  2. caramba… me encantó la historia, señor. una lagrimita cayó sobre mi torta.

  3. 😦 que bonita historia señor; muy sentida, muy real y sobre todo muy profunda, gracias por la “imagen” que nos regaló y por la lección.

  4. Ya me dió hambre Tocayo!, Que buena historia…
    No te olvides de las tortas del chino! (y no es en doble sentido eh!)

    • Claro tocayo!
      Cómo olvidarlas?
      Espero pronto ir para allá e invitarte una de milanesa con pierna!
      Creo que ya no me la acabo.
      Gracias por pasar por acá.

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