El Arraigo Parte IX

Parte IX

Así pasó un mes más en la Casa del Arraigo y sin ningún tipo de avance en nuestro caso. En la dos cero siete ya no había más tensiones, por el contrario, existía camaradería entre la mayoría de los habitantes, así como con algunos de los compañeros de las demás habitaciones. Habían llegado varias personas más, en realidad no había una semana que no hubiera algún personaje nuevo. La mayoría llegaba acompañados e incluso, algunos de ellos llegaban a salir en los noticiarios de la televisión. Nos enteramos que las tres chicas que llegaron algunos días antes, eran sospechosas del secuestro del empresario Hugo Alberto Wallace, que en ese entonces, su caso era muy sonado en la vida pública, ya que las investigaciones las había realizado su madre para dar con el paradero de los secuestradores. Sin embargo, ellas salieron libres al cumplir un mes o por lo menos era lo que nos habían informado los oficiales de guardia.

Las cosas ya se habían hecho rutinarias. Marcos recibía visita todos los días, de hecho ya se había hecho costumbre que fuera él la primera persona en salir al patio en toda la casa. Inclusive, algunos de los compañero de piso le pedían que apartase algunas mesas y sillas para la hora en que ellos salieran. Nunca lo hizo. A mí me visitaban cada tercer día. Había acordado con mi familia que así se hiciera, no quería que dejaran de hacer sus deberes por el pretexto de mi situación. Además, había días en los que realmente no decía nada nuevo el abogado y era innecesario que fueran hasta allá. Después de Marcos y de mí, era José Celestino a quien más visitaban de los habitantes de la dos cero siete. Todo esto era lógico, ya que éramos de la ciudad de México y a nuestros familiares les quedaba relativamente cerca la Casa del Arraigo. En cambio, a Julio lo visitaban rigurosamente cada sábado y domingo, mientras que al “Delicioso”, cada quince días iba su esposa junto su abogado. Cada que éste subía al cuarto, se ponía realmente mal, alguna vez incluso empezó a decir mentadas de madres a los oficiales pidiendo que lo llevaran ya a un reclusorio en Culiacán, tenía la idea que estando allá sería menos dura su situación, o por lo menos, sus hijas podían ir a visitarlo ya que llevaba varias semanas sin verlas. Jesús, Oscar y Juan Manuel, el odia chilangos, no habían recibido visita en ese mes y medio que llevábamos con ellos.

José Celestino era la persona más misteriosa de la habitación. Marcos y yo nunca habíamos hablado con él de nuestro caso. Intuímos que su abogado le había pedido que no lo hiciera, ya que de alguna manera, nosotros éramos los responsables de que él estuviera en esa situación, ésto debido a que Marcos lo había denunciado al momento de su detención en la SIEDO. Sin embargo, no sólo no hablaba con nosotros, él realmente no hablaba con nadie de éste tema. Sólo sabíamos que era propietario de una farmacia pequeña y aunque no vendía mucho, se había dedicado a la compra y venta del Actifed y demás medicamentos con Pseudoefedrina, lo cual, dedujimos le dejaba más dinero que el mismo negocio farmacéutico. Marcos decía que el medicamento con ésta sustancia se lo revendía a su cuñado, apodado el “Queño” quien era una de las personas que se dedicaba de lleno a éste negocio ilícito. En lo particuar, ni a José Celestino ni a su cuñado había siquiera escuchado mentar antes. Era muy poco culto, típico habitante de barrio de la Ciudad de México. Apenas había llegado a tercero de primaria y sus conocimientos de cultura general eran bastante escasos, lo cual varias veces le ocacionaban burlas por parte de Oscar y Julio César, sobre todo. Era, junto con Jesus Apodaca y Juan Manuel Cavazos, los tipos más fornidos de todo el segundo piso, por lo menos. Algunas veces los habíamos retado para jugar a las vencidas, pero por alguna extraña razón nunca accedieron. Supuse que era normal y hasta adecuado ésto, ya que podría provocar rencillas entre ellos. Julio César había cambiado un poco su actitud. De repente podía estar muy tranquilo y hasta de buen humor, pero algunas veces cambiada de forma radical. Se desesperaba por el poco tiempo que tenía para hacer las llamadas. Había implementado un modo para sobornar a los custodios y así tener más tiempo para hacerlas. Solía darles de doscientos a trescientos pesos al día a los guardías por dejarlo hablar dos o tres minutos más en cada una de sus oportunidades, además de no tener límite en la noche después del apagado de la luz de los cuartos. También había dejado de comentarnos el cómo iba su caso. Decía que iba siempre igual y que él saldría justo al término de sus noventa días. Había adoptado también una especie de tick nerviso, que consistía en juntar los dedos de ambas manos varias veces. Sólo se calmaba al jugar al solitario en su cama, hecho que había molestado a Oscar, ya que hasta ese momento era él, el único que hacía tal actividad.

Jesús Apodaca, que al principio nos intimidaba por su manera seria de ser, también había cambiado su actitud. Era más alegre y hasta hacía bromas. Creo que a todos nos agradaba que así fuera, sobre todo a Juan Manuel. En el fondo, sabíamos que ellos dos eran las personas más tracedentales de la habitación, y no sólo por su aspecto físico, sino por la fama que ambos tenían en la casa. Jesús había logrado en las mujeres de la casa cierto agrado. Alto y de brazos musculosos, ojos de color claro, una dentadura blanca y perfecta y siempre perfectamente razurado, hacía que las habitantes de la habitación de enfrente lo siguieran. Solían gritarle y hasta chulearlo cada vez que lo veían, a lo que él ni siquiera se inmutaba. Nos contaba que había estado con las mujeres más guapas, incluso solía contarnos con detalle sus actos y triunfos amorosos. Era todo un misógino. Juan Manuel, en cambio, imponía tanto por su estatura como por la barba y el cabello largo que usaba. A diferencia de Jesús y los demás, él no se bañaba todos los días. Tenía una voz y un acento delgado para su físico, lo que me llamaba mucho la atención. Además, hasta ese momento era la única persona que sabíamos había matado a cuatro personas al detonar una granada. Casi no hablaba con Marcos, Celestino y conmigo, los chilangos. Séntíamos que de verdad tenía ese resentimiento hacía nostros. No dejaba de jugar en su cama a los crucigramas.
Empezando la séptima semana, lunes y justo después de comer, nos encontramos con un nuevo personaje en nuestro cuarto. Era el Coronel Vargas. Habían aprovechado los custodios la hora de la comida para hacer cambios en nuestra habitación. Oscar y Julio pasarían a la habitación 206, junto a otros dos tipos que venían de verde, del cual, uno de ellos era el que decía la oración de las tres de la tarde, y a quien Oscar le caía bastante mal por su afición religiosa y también un señor de unos setenta años por lo menos, que se sospechaba, era de bastante dinero. Nunca supimos porque estaba arraigado. En la habitación 206 estaban también los tipos que habían detenido por las excavaciones del narcotúnel en la frontera y un tipo joven más que iba solitario. En ese momento sentí que extrañaría de cierta forma a Oscar, con quien después de Marcos, era con quien mejor me llevaba. Mientras ellos se cambiaban de cuarto, el Coronel Vargas, nos contó que venía de la Ciudad de Puebla, pero vivía en la Ciudad de México. Había sido engañado por un grupo de subalternos que lo llevaron para custodiar una avioneta con droga. Todo esto según su versión, pero había algo de lógica en lo que decía, ya que le faltarían pocos años para su jubilación y al encontrarlo culpable haciendo ésto seguramente no sólo no se jubilaría, sino iban a encerrarlo. Se justificaba diciendo que el móvil era algo perfectamente ilógico para que las autoridades no se dieran cuenta que fue planeado, sin embargo se veía difícil encontrar la manera de que pudiera salir libre. Estaba realmente deprimido, lloró frente a todos implorando perdón y ayuda a Dios, decía que nadie había salido del arraigo libre, que seguro íbamos a ir todos a prisión y que éramos victimas del sistema. Esto me parecía exagerado, aunque había algo en lo que nos dijo que nos dejó cayados: estaba próximo en terminar el sexenio del Presidente Fox y seguramente querían llevar a la mayor cantidad de gente a los reclusorios.
Esa noche fue un tanto difícil. El Coronel Vargas no paraba de quejarse de su situación, de la inconstitucionalidad del Arraigo, hasta de Dios, y no fue hasta que Juan Manuel lo calló de fea manera que pudimos dormir. El coronel sólo estuvo un par de días en nuestro cuarto. Supongo que algo habrá influido el que Juan le gritara para que pidiera su cambio. Sin embargo, la noche que se fué surgió una nueva situación a la habitación 207. Los tipos que iban con Polo y que estaban en el piso de abajo, habían solicitado que fuera internado con ellos y por alguna extraña razón, habían aceptado. Polo, que siempre tuvo para toda la gente del segundo piso una palabra de aliento y buena vibra, como él decía, estaba ésta vez desesperado. Tenía miedo que la gente a la cual él había traicionado al denunciarlos, pudieran hacerle algo estando en la misma habitación. Esa noche y justo media hora después de que se hubo ido, regresó acompañado de dos guardias. Nos contó que al entrar a la habitación de sus compañeros, alguien había delatado que planeaban hacerle daño, y que aprovecharon que el comandante Armas no estaba en la ciudad, pero repentinamente había llegado y ordenado que se reinstalara en la dos cero siete de nuevo. A partir de ahí, el “Delicioso” no volvió a ser el mismo. Había cambiado mucho su temperamento. Era él quien solía despertarnos a media tarde cuando dormíamos con su grito: “Ayyyyyy!, cangrejito playero…”, lo cual a nadie molestaba, ya que sabíamos que no afectaba a nadie. Jesús le había puesto el sobrenombre del “Delicioso”, ya que solía referirse como “Deliciosas” a las mujeres de la Casa en general.
Una semana después de éste hecho, Apolinar Ochoa “El Delicioso”, fue llevado junto con sus cómplices al Reclusorio Oriente de la Ciudad de México. Justo lo que no deseaba: estar con ellos en un reclusorio, lejos de Culiacán y de sus hijas. Esa noche, nos despedimos de él con un abrazo, le deseamos suerte, sabíamos que iba a un lugar donde no estaría bien. Que su temperamento alegre estaba dañado y le sería difícil su estancia en prisión. Al salir de la habitación, escuchamos como la gente se despedía de él de forma cariñosa. “Adiós Delicioso, que Diosito te Bendiga!” era el clamor que se escuchaba. Algunos incluso cantaron “El Cangrejito Playero” en su honor. Y con eso, se perdió entre los recuerdos. Justo la noche que se fue, llegaron a la dos cero siete dos tipos más. Uno, alto rubio, de unos treinta años, proveniente de Sonora y de aspecto baste rudimentario. Se veía de escaso conocimiento de la situación en la que se encontraba. Se llamaba Fernando Gonzaga y venía porque encontraron droga en un vehículo de su propiedad. Llegó junto a un tipo colombiano de piel negra, Marcelo González, de unos treinta y dos años de edad. También lo encontraron con droga en un auto, pero éste en la Ciudad de México. Ninguno de los dos llegaron con una actitud positiva. De hecho optaron por portarse a la defensiva y no hablaron de su situación con nosotros en la primera semana. Ya no estaban Oscar ni Julio con nosotros, y Juan, Jesús y Celestino, por su apariencia y mal carácter con los nuevos hacían que se hiciera tensa la relación. Ya no había democracia a la hora de escoger la programación de los programas en la televisión y peor aún, ellos no respetaban las camas de los demás y se acostaban en las que mejor les pareciera. La primera semana que ellos estuvieron fue a tal grado difícil que por vez primera me dieron ganas de que mi situación terminara lo más pronto posible.

Justo la tarde en que Juan Manuel Cavazos tuvo su única visita a lo largo de los noventa días de su arraigo, subió con el ánimo bastante cambiado. Cayado como solía ser dentro de la habitación, interrumpió la platica que llevaban Marcos y José Celestino en referencia a que si los hijos de éstos optarían a tener el oficio de sus padres al llegar a la mayoría de edad. “¡No!”, gritó, “que mis hijos no sean como soy yo.” Y nos empezó a relatar su experiencia esa tarde a la hora de la visita: “Mi hijita me vio y me agarró con sus manitas mi barba y mi cabello y me dijo: ‘papi, ya estás bien greñudo, ¿cuándo vas a ir a la casa a que te corte el pelo mi mamá?’ eso me rompió la madre, me cae, ¡soy hijo de mi pinche madre!, no maté a esos cabrones, maté a mis hijos con mi pendejada!” y diciendo eso empezó a llorar. Nadie dijo nada. Juan Manuel Cavazos, el tipo más rudo de la habitación 207 se había abierto con nosotros y estaba realmente mal. Me di cuenta que a pesar de lo que había sido con nosotros y con los demás compañeros, no dejaba de ser una persona con sentimientos, por lo menos hacia sus hijos. Él fue el siguiente en irse un par de días después. Con el cabello corto y ya sin barba, nos abrazó. Salió por la puerta y se escuchó: “Adiós Cavazos, que Dios te Bendiga!”, y alguién por ahí cantó: “Mi Matamoros querido, nunca te podré olvidar”, a lo cuál, Juan Manuel sólo grito de su parte: “¡Adiós chilangos, raza inferior, ya me voy a chingar a mi Madre!” y con eso, salió de la Casa del Arraigo hacía un reclusorio donde seguramente estaría para siempre.

El Arraigo Parte IX

El Arraigo Parte IX

incitatüs
(Septiembre’08)
foto: internet
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~ por incitatüs en 23 septiembre 2009.

3 comentarios to “El Arraigo Parte IX”

  1. Me gusta como se han sucedido los acontecimientos en la casa del arraigo. Algo que me ha sorprendido en varias líneas de varios capítulos es la capacidad que poseen algunos de tus personajes para conservar la fe y mantener la esperanza.
    Final redondo y bien rematado en este capítulo.
    Un abrazo grande.

  2. Este capotilo en particular, me provoca un cierto sentimiento de melancolía por la ausencia de polo y juan manuel tanto en la casa como en parte de la historia, por ser parte ya de tus compañeros, algo que hacia sentir tranquilidad y seguridad

    • Sí, y en general de todos los compañeros, Como sea habíamos tenido la suerte de estar con personas que pese a ser delincuentes o posibles delincuentes, nos habían tratado bien.
      No así los últmos que llegaron.
      Cierto, ya no estábamos tan tranquilos.

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