El Arraigo Parte VI

Parte VI

El patio de la Casa del Arraigo no era muy grande que digamos. Realmente, éste era el estacionamiento del antiguo hotel de paso. Incluso se podían ver las líneas de los cajones y los postes que las dividían. Estaba dividido en dos partes, una era como una pequeña antesala cercada de rejas, ahí estaban cerca de veinte oficiales y también era donde la visita aguardaba al arraigado, para de ahí, salir a la parte más grande, en donde se acondicionaron varias mesas y sillas de plástico para recibir a los familiares. Había en éste espacio tres o cuatro máquinas expendedoras de refrescos y golosinas, además de tres futbolitos. Al fondo, justo debajo de un tablero de básquetbol se estaba construyendo lo que parecía un pequeño altar. Todo estaba techado, y en la parte de arriba de la barda estaba cerrado con reja y tiras de lona color verde.

Al salir, Iliane fue la primera que me encontró. Llevaba lágrimas en sus ojos. Me sentí triste. Y aunque ya había visto a mi mamá y a mis hermanas más grandes en las instalaciones de la SIEDO, no había podido ver ni a mi papá, ni a mi hermana menor y sobrinos. Lo primero que hice fue abrazarla y tratar de tranquilizarla. Le dije que estaba bien, que donde estaba no era la cárcel y que no me habían maltratado. Como pudo se limpió las lágrimas y le dije: “no me dejes tus mocos en mi camisa” a lo que sonrió y noté que ya estaba más tranquila. En seguida entró mi mamá y mi hermana Melody, ésta tenía ya ocho meses de embarazo y con trabajo podía caminar. Llevaban algo de ropa para mí, un par de camisas color amarillo con el logotipo de Casa Saba, a lo que alegué en tono de broma por llevarme ropa de la empresa que me había denunciado. También entraron con ellas mis dos sobrinos Jhovanny y Miguel Ángel quienes también me abrazaron en cuanto entraron. Mi sobrino más pequeño Miguel Ángel, miraba para todos lados con un tono de asombro. Imaginé que era por la cantidad de oficiales que nos resguardaban, sin embargo, en un tono de desconfianza, sólo me preguntó: “¿Aquí es Cancún, tío?”. A lo que mi mamá y hermanas soltaron una pequeña carcajada y me explicaron: “Lo que pasa, es que algunas personas han preguntado por tí y les dijimos que estabas en Cancún, y pues hasta Miguel Ángel lo creyó”. Como pudimos encontramos un par de sillas que le dimos a mi mamá y hermana Melody, Iliane, yo nos acomodamos cerca de una pared y nos sentamos en el suelo, mientras, mis sobrinos corrían a las máquina de refrescos y dulces para comprarse algo. Platicamos cerca de diez minutos en cuanto a lo que ellos sabían acerca de mi situación y de lo que mi abogado decía, sin embargo notaba algo raro en mi mamá, aunque no lograba descífralo. Me preguntaban cómo era mi habitación, con quien me había tocado y cosas por el estilo, yo de buena gana les decía, quería que ellas supieran que me encontraba bien, que no había de qué preocuparse. Cerca de la una de la tarde, me dijeron que también entrarían mi papá y mi hermana Lisha, que habían aguardado todo ese tiempo afuera, en espera de que pudieran pasar, ya que solamente podían entrar dos adultos al mismo tiempo a la visita, a lo que accedí y a lo cuál, mi mamá sonriendo, me preguntó si notaba algo raro en ella, y al confirmarle que sí, pero sin saber lo que era, la observé con cuidado y con emoción logré que había recuperado y llevaba el collar que me habían quitado en los separos de la SIEDO, y entregándomelo se despidió.

En seguida entraron mi hermana Lisha y mi papá. El abrazo con él fue muy estremecedor. Realmente no habíamos tenido una buena relación en los últimos días, pero de repente eso había quedado en el olvido. Platicamos un rato de lo mismo de mi situación, de cómo mi abogado no sabía el porqué de mi detención y de cómo mi papá le había explicado el motivo. Entonces entendí que realmente era mi papá el que estaba confundiendo a mi abogado. De repente noté como él dudaba de mí, y hasta pensaba que realmente podía ser culpable de un acto deshonesto. Me sentí con un poco de coraje. Le dije que si no tenía idea del porqué estaba en esa situación, no me defendiera confundiendo más al abogado. Fue entonces que me preguntó el cómo era que me había hecho de un auto de reciente modelo, si mi sueldo no era suficiente para pagarlo, y le expliqué que lo había conseguido por medio de uno de mis clientes, que no sólo me lo había vendido barato, sino en plazos para pagarle, a lo que de nueva cuenta noté que no me creyó del todo. Con un tono ya de molestia de mi parte, dejé el tema de lado para no entrar en discución con él. Y así, a los quince minutos para las dos, nos llamaron a formar de nuevo. Me despedí de ellos y de mis sobrinos. Quedé un poco frustrado por ese acontecimiento con mi padre, pero al salir me dijo que me amaba, que rezaría mucho por mí.

Al subir a la habitación revisaron minuciosamente las cosas que llevábamos. También nos recargaron en una pared para catearnos de pies a cabeza. Nos pedían que nos quitáramos los zapatos y hasta los calcetines. Fueron cerca de quince minutos en realizar esas revisiones. Subimos a la habitación y casi en seguida y bajamos de nuevo al comedor. No recuerdo que fue lo que nos dieron, pero sí que me sorprendió la comida, había pensado que sería de mala calidad, pero fue todo lo contrario. Al subir de nuevo a las habitaciones, el pasillo quedó cerca de quince minutos en silencio. Polo se acercó a Marcos, y luego llámandonos a Celestino y a mí, nos dijo: “aquí respetamos mucho las creencias de cada quien. No sé en qué crean ustedes, pero nosotros acostumbramos a rezar a las tres de la tarde. Nadie les obliga a hacerlo, sólo pedimos respeto. Si ustedes quieren unirse, pues son bienvenidos. Aquí tengo varias estampas de algunos santos, si quieren pueden leerlas cuando quieran. Si quieren pueden hacerlo en la oración.” Nos entregó tres estampas, y pude ver que me había dado la de San Judas Tadeo. No dije nada, sólo le agradecí el detalle. A las tres en punto de la tarde, de la habitación 206 se escuchó una voz masculina que grito: “¿Polo, Están listos?”, “¡Sí!, ya estamos vato” respondió éste que se había sentado en una pila de periódicos amarrados con una cinta amarilla que no entendí de dónde la habían sacado.

“Padre Nuestro que estás en el cielo, Santificado sea tu Nombre…”, empezó la voz de tono grave el rezo. Me llamó mucho la atención el saber que todos los habitantes del piso empezaran a hacer una oración masiva. Marcos, Celestino y yo nos unimos a él. Noté que Oscar, en su cama, pero indiferente, jugaba con una baraja al solitario. Sin embargo, había apagado el televisor. Me sorprendió que tanto Jesús, como Juan fueran a ser parte de las oraciones desde sus camas y más el hecho que incluso se supieran las mismas. La verdad es que yo no era muy religioso o devoto, no sabía orar, pero sentí en ese momento la necesidad de pedir a Dios por la tranquilidad, no para mí, sino para mi familia. La voz del tipo que llevaba la oración era penetrante, lo hacía con mucho sentimiento. Fue estremecedor escuchar de las otras habitaciones algunos llantos, sobre todo de las mujeres. Estremecedor también ver a Polo derrumbado en el asiento de periódico con las manos en el rostro. Noté también lágrimas en los ojos de Juan Manuel y Julio, además del rostro descompuesto de Jesús y Oscar. Después de que casi media hora estuvimos orando casi toda la gente del segundo piso, el tipo que la había empezado, dijo una última oración que me impactó aún más:

“¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?
Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor.
Cuando te entregues a Mí, todo se resolverá con tranquilidad según mis designios.
No te desesperes, no me dirijas una oración agitada, como si quisieras exigirme el cumplimiento de tus deseos.
Cierra los ojos del alma y dime con calma:
¡JESÚS YO CONFÍO EN TI!
Evita las preocupaciones angustiosas y los pensamientos sobre lo que puede suceder después.
No estropees mis planes queriéndome imponer tus ideas.
Déjame ser DIOS y actuar con libertad.
Entrégate confiadamente a Mí.
Reposa en Mí y deja en mis manos tu futuro.
Dime frecuentemente:
¡JESÚS YO CONFÍO EN TI!
Lo que más daño te hace es tu razonamiento y tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera.
Cuando me dices, ¡JESÚS YO CONFÍO EN TI!, no seas como el paciente que le dice al médico que lo cure, pero le sugiere el modo de hacerlo.
Déjate llevar con mis brazos divinos, no tengas miedo, yo te amo.
Si crees que las cosas empeoran o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando, cierra los ojos del alma y confía.
Continúa diciéndome a toda hora:
¡JESÚS YO CONFÍO EN TI!
Necesito las manos libres para poder obrar.
No me ates con tus preocupaciones inútiles.
Satanás quiere eso: agitarte, angustiarte y quitarte la paz.
Confía sólo en Mí.
Reposa en Mí.
Entrégate a Mí.
Yo hago los milagros en la proporción de la entrega y confianza que tienes en Mí.
Así que no te preocupes, echa en mi todas tus angustias y duerme tranquilo.
Dime siempre:
¡JESÚS YO CONFÍO EN TI!…
Y verás grandes milagros.
TE LO PROMETO POR MI AMOR.
Amén."
Ahora, Marcos, Celestino y yo, teníamos también los ojos llenos de lágrimas.
El Arraigo Parte VI
El Arraigo Parte VI

incitatüs(Septiembre’08)imagen: internet

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~ por incitatüs en 12 septiembre 2009.

2 comentarios to “El Arraigo Parte VI”

  1. La historia avanza y ya se palpa la historia, ya se entienden a los personajes, ya se puede hablar de esperanza y desesperanza. Una parte bien distinta a las anteriores con un final sobrecogedor.
    Un abrazo grande, Alberto.

  2. Gracias Yur…
    Saludos a Ana.

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