El Arraigo Parte V

Parte V

Con la luz del pasillo encendida y como pudimos decidimos nuestras camas. Confieso que fui el primero en escoger, con la finalidad de quedarme lo más lejos posible de los demás compañeros de la habitación. Escogí la cama de arriba de la litera que estaba más cerca de la puerta. Marcos escogió debajo de mí y Celestino de abajo de otra litera. Me quité los tenis sin agujetas que llevaba, y así, con el pantalón y la camisa de la empresa me acosté. Sin embargo Celestino hacía mucho ruido, y fue entonces que uno de los habitantes se despertó. Levantó la cabeza y pude observar un tipo de cabello largo y barba bastante crecida. Con un tono serio preguntó que cuantos éramos y porqué estábamos ahí. Celestino sólo le dijo que éramos tres. Se recostó de nuevo y se quedó dormido. Aún no entiendo cómo, pero yo también dormí. Esa fue la primera noche en la Casa del Arraigo.

A las seis en punto de la mañana pasaron lista. Por el pasillo se iban escuchando como los oficiales gritaban los apellidos y los internos respondían con su nombre. Al llegar a nuestra habitación fue diferente. Se encendió la luz y dos guardias entraron. Pasaron la lista y al momento de decir nuestros nombres se nos quedaron viendo. Supongo que fue para conocernos, de cierto modo. Se fueron y cerraron. No apagaron ya la lámpara. Yo aún tenía sueño, por lo que volví a acomodarme para dormir de nuevo, pero observé como uno de los tipos del cuarto se levantó. Era de mediana estatura y delgado. Cerca de unos cuarenta y cinco años de edad y un bigote bastante delgado y fino. Entró al baño y tardó algunos minutos. Escuché que estaba bañándose. Cerca de quince minutos despuès alguien encendió el televisor. Noté que Marcos también estaba despierto, ya que no dejaba de moverse en su cama. De la cama que estaba arriba de la de Celestino se levantó otro tipo. También de mediana estatura, pero mucho más fornido. Tendría tal vez unos treinta y ocho años y no tenía cara de maleante. De inmediato tendió su cama tratando de no hacer ruido y se vistió. Se puso una playera de color verde y se sentó en su cama. Notó que Marcos estaba despierto y se le acercó: “¿Qué pasó, cómo estás? Bienvenido”, le dijo de una forma bastante amable. Èste lo saludò igual. Entonces me incorporé para ser parte del recibimiento que le daban. “Soy Oscar, y tú?”, me dijo y me estrechó su mano. “Alberto, mucho gusto”, le dije con un tono de duda, no sabía si así se saludaban en prisión o lo que fuera donde estábamos. Al notarme dubitativo sonrió para darnos confianza y fue a despertar a Celestino para saludarlo de igual manera.

Salió el tipo delgado del baño. Vestía ya un pants gris y una playera amarilla. Oscar nos lo presentó: “Éste es Polo, mejor conocido como ‘El Delicioso’, es el alma de la habitación dos cero siete, cualquier parecido con el cantante de los Tigres del Norte es mera coincidencia”, lo observamos y sí, era idéntico al integrante de ese grupo, sólo le faltaba el mechón blanco en el cabello, a lo que esbozamos una pequeña sonrisa. “¡Soy el jefe de jefes señores…!” nos dijo cantando, y bailando con Oscar y chocando su puño con el nuestro, nos saludó. “Bienvenidos a la habitación dos cero siete, ¡la habitación de la buena vibra!”, y mientras se iba cantando y silbando a seguir vistiéndose. Apolinar Ochoa venía de Culiacán inculpado de narcotráfico. Oscar nos presentó también a Julio César Abasolo que igualmente se habìa levantado, venía de Tijuana inculpado de lavado de dinero. Oscar lo presentó como el nuevo ‘Señor de los Cielos’; Julio tenía apariencia de gente de dinero ya vestía ropa de buena marca. Usaba barba y nos miró algo desconfiado, pero aún así nos saludó. En seguida se levantó un tipo que estaba en una cama solitaria. Era alto, musculoso y tez blanca. Tenía ojos claros y estaba rapado por completo. “También tenemos a nuestro ‘sen sei’, ¿verdad Jesús?”, a lo que Jesús Apodaca, que venía también de Culiacán por delincuencia organizada, no respondió y muy serio se fue al baño. No nos saludó. Rato después de hablarles brevemente del porqué estábamos ahí, Oscar despertó al tipo barbón que la noche anterior nos había preguntado lo mismo. Era ya tarde y casi nos llamarìan a formarnos. Èste tipo era Juan Manuel Cavazos. Éste se levantó en seguida. Era muy alto, un tanto obeso. Se puso una camiseta de color anaranjado, a lo que Marcos y yo nos miramos con un poco de temor. Juan tampoco nos saludó. “¿De dónde son?”, preguntó con algo de indiferencia, “de aquí, del D. F.” dijo Marcos, “¡Malditos chilangos, los odio por putos!”, casi gritó mirándonos casi con coraje. Pero Oscar sólo se rió y nos dijo: “Así es el buen Juanito, no le hagan caso”.

Nos formamos para ir a desayunar. En el comedor nos juntamos con la gente de los demás cuartos, incluyendo las mujeres. Ellas, casi todas, iban de rojo, lo que indicaba secuestro, aunque pude ver claramente una mesa aparte en donde estaba sola una mujer vestida de amarillo, guapa, de tez blanca y parecía de buenos modales. Como nos dijeron que no podíamos hablar en el comedor no intenté siquiera hacerlo, pero noté que la mayoría no solo hablaba, sino hasta hacían un poco de relajo. En el comedor pude ver que la mayoría de los que estábamos arraigados iban de rojo y amarillo. Seríamos cerca del ochenta por ciento de esos colores. Pude ver que solamente había cuatro personas de color verde, y que justo había dos en mi habitación y sólo dos personas de color naranja, y uno de ellos también en la misma. No sé porqué, pero de cierta forma me sentí tranquilo. Me di cuenta que a pesar de la situación tan incómoda de llevar un proceso bajo un resguardo, la gente con la que me había tocado en la habitación no eran tan intimidantes, a excepción de Juan Manuel y Jesús, que por lo menos en nuestro primer día, no habíamos tenido una buena relación.

Subimos al cuarto después de desayunar y nos bañamos. La camiseta que me habían dado era muy pequeña, y eso lo notó Oscar. Entonces le pidió a Jesús que me prestara una. Jesús volteó a verme desconfiado, pero enseguida me ofreció una de mi talla. Se lo agradecí y me la puse, aunque la verdad pensé que sería mejor entregársela en cuanto mi familia me llevara algo de ropa. Contábamos con casi todas las comodidades. Nos dieron desde jabones de baño y papel higiénico, hasta gel para el cabello y desodorantes. Lo único que no nos dieron fue rastrillos, nos dijeron que eso lo teníamos que pedir y entregarlos en antes de las siete de la mañana. Había un mueble con entrepaños el cual estaba destinado para guardar nuestra ropa. Sin embargo, en uno de los entrepaños se encontraba un especie de altar dedicado a varios Santos y en especial a la Santa Muerte, “no sé si ustedes crean en ella”, nos dijo Polo, “pero esa no me la toquen. Si ustedes respetan, nosotros respetamos”. Quedó todo muy claro.

A las diez en punto de la mañana de ese primer día de arraigo, llamaron a Marcos. Era su visita. Oscar me comentó que en todo lo que él llevaba de arraigo nunca habían llamado a nadie tan temprano. Yo sabía que mi familia iría también a visitarme, pero realmente no tenía idea a qué hora sería. Mientras tanto me puso al día con los motivos del porqué, algunos de ellos estaban ahí.

A Polo lo había llevado porque era parte del Cártel de Tijuana, había sido detenido en esa ciudad fronteriza con otras cinco personas que se encontraban en el piso de abajo. Al parecer Polo los había traicionado. Según Oscar, Polo había confesado algún crimen y los habían encerrado a todos. A Julio, lo habían detenido en San Diego, California, con ochocientos mil dólares producto de lavado de dinero. Pero Julio se justificaba diciendo que realmente era dinero legítimo, y que el problema era que al momento de su detención no había podido comprobar su procedencia. Jesús iba porque lo encontraron en una hacienda en posesión de marihuana en Jalisco y Juan por haber detonado una granada y matado a cuatro personas en Matamoros. De éste último caso me pareció recordar alguna nota en algùn noticiero. Sin embargo me confesó: “todos ellos te lo van a negar, porque por eso estamos aquí, para ser investigados, y ya sabes, nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Pero yo no soy hipócrita, de mi sólo voy a decirte que nadie de los que están aquí, ha robado màs que yo. Y no me refiero sólo a éste cuarto, sino a toda la Casa del Arraigo. Con decirte que hasta Carlos Ahumada está debajo de mí. La verdad es que estoy en la gloria, por eso es que ahora me la paso muy bien. Yo sé que en mes y medio ya no podrán hacerme nada o de plano me va a cargar la chingada, como sea, ahora todo está en manos de mis abogados. Les estoy pagando doscientos mil pesos al mes a cada uno y son cuatro. Y ya son varios meses los que estoy llevando esto. Así que imagínate.” Me pareció un fanfarrón al principio, aunque lo decía con mucha seguridad, la verdad pensé que no podía hacer ningún juicio personal, ya que además, ni el mismo ministerio público lo había podido hacer, supuse.

Cerca del medio día me mandaron llamar. Era mi visita. Bajé junto con un oficial con las manos detrás de la espalda y con la cabeza agachada. En cuanto salí al patio vi varias mesas ocupadas con la gente arraigada y sus familiares. Había muchos niños corriendo por todas partes. Busqué a mi mamá y a mi hermana que estaba embarazada. Pero a la que vi primero fue a mi hermana menor, de trece años, que habìa observado como me llevaban. Tenìa los ojos llenos de lágrimas. Fue entonces, y por vez primera, que tambièn, me dieron ganas de llorar.

 
El Arraigo Parte V

El Arraigo Parte V

incitatüs(Agosto’08)imagen: internet

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~ por incitatüs en 9 septiembre 2009.

2 comentarios to “El Arraigo Parte V”

  1. Me gusta con la precisión que narras estas crónicas. No escatimas en los detalles y se sigue con facilidad el hilo argumental. Me gusta especialemente el final de esta V Parte del arraigo. En donde se pierde el mecanismo inicialmente establecido y se dan otros elementos más emocionales.
    Más…. quiero más. jajaj
    Un beso, Alberto.

  2. Gracias Yurena.
    Un beso.

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