El Arraigo Parte IV

Parte IV

La comunicación entre las celdas de los separos es bastante escasa. Con Marcos no había tenido la posibilidad de hablar, y ni mi abogado ni mi familia sabían hasta ese entonces que estaba pasando. Fue hasta que el actuario del juez nos notificó que seríamos arraigados que me dí cuenta de que José Celestino era la persona a la cual Marcos le vendía el Actifed. Las reacciones de los tres al momento de la notificación fue diferente. Marcos alegó que nos habían prometido que sólo iríamos a declarar y que regresaríamos a casa la misma tarde que nos detuvieron. Tenía una expresión de miedo y ansiedad, casi suplicó que nos dejaran ir y le recordó al actuario del juez que pronto su hijo sería operado y él no podía dejar de estar a su lado. Celestino quedó serio, no dijo nada. Supuse que él sabía que esto pasaría.

Por mi cabeza pasaron muchas cosas. Lo primero que pensé fue en la proximidad del cumpleaños de Maricela, seguramente no podría estar cerca de ella en ese día. También pensé en la salud de mi papá y el nacimiento de mi nuevo sobrino que se acercaba. Pensé en mi madre, pero más en mi hermana menor y el cómo lo tomaría. Sentí que el hecho de estar encerrado sería una decepción para ella, ya que me había dado cuenta que seguía mucho la forma en que me comportaba. Todo eso me daba mucha tristeza. Incluso me daba miedo. Nunca había estado en ningún problema legal y menos tan serio. Para ser sincero no recuerdo una sola palabra de lo que el actuario y Denise nos decían. Sólo que iban a darnos la notificación y que no importaba si la firmáramos o no, como alegaba Marcos, seríamos arraigados.

Denise por fin suavizó su modo. Mirándonos seria, pero en especial dirigiéndose a mí, nos decía que en el arraigo estaríamos cómodos, que todos los días podríamos tener visita y que hasta tendríamos televisión. Que lo tomáramos como unas vacaciones. Sin embargo, a ninguno de los tres nos agradaban unas vacaciones así. Marcos insistía que no podía faltar a la operación de su hijo. Celestino, serio, sólo observaba la reacción de nosotros. Yo, entendí que estaba en un lío bastante serio.

Unos minutos después, la relativa tranquilidad cambió por completo. Llegaron cerca doce oficiales vestidos de negro y encapuchados. Nos recargaron en la pared y nos desnudaron de nueva cuenta. La persona que iba de traje apuntaba algo en alguna libreta. El oficial de guardia, cayado, sólo observaba, y mientras nos vestíamos de nuevo, uno de los oficiales de negro, el más alto, se quitó la capucha y con una voz penetrante nos gritó: “¡A partir de ahora, a todo, ¡Sí señor!, ¿Entendieron?! “Sí”, contestamos titubeantes. “¡Sí señor!”, gritó de nuevo, para dejar en claro a lo que se refería. “¡Sí señor!”, dijimos temerosos al fin. Y después de esposarnos de nuevo, dos oficiales a cada uno de nosotros, nos condujeron bruscamente a tres camionetas. Imagino que serían cerca de veinte oficiales en total, ya que por lo menos iban dos autos más escoltándonos y con las sirenas y torretas encendidas.

El viaje al Centro Nacional de Arraigos de la Ciudad de México fue breve, tal vez quince minutos a lo mucho. Incluyendo un par de minutos perdidos debido a algún accidente aparatoso. De lo que recuerdo es que, a diferencia de los agentes que nos llevaron a las instalaciones de la SIEDO, éstos no hablaron conmigo. Sólo se escuchaban las sirenas de las patrullas que nos escoltaban. Recuerdo sin embargo que alcancé a ver lo que me pareció la Torre Latinoamericana, sólo que ésta se encontraba del lado izquierdo. Me costó un poco de trabajo, pero pude entender que iríamos en sentido contrario al flujo normal, justo en el carril destinado al trolebús.

Ya en la madrugada del 3 de septiembre, a las tres y veinte de la mañana, entramos a lo que llamaríamos “La Casa del Arraigo”. Ésta era un antiguo hotel de paso de tres pisos en la colonia Doctores, el cuál había sido acondicionado para fungir como la antesala de algún reclusorio. En ella estaban en proceso de ser recluidos o liberados cerca de ciento cincuenta personas provenientes de diversas partes de la República Mexicana y algunas del extranjero. Al entrar al vestíbulo lo primero que pude apreciar fue la imagen de un Cristo en la pared, junto, una mesa de plástico con un par de sillas del mismo material. Ahí nos pusieron de frente a la pared aún esposados. Permanecimos así por espacio de diez o quince minutos, los cuales se me hicieron eternos. Los oficiales encapuchados que nos llevaron al parecer ya se habían ido, y los que estaban en la Casa apenas susurraban. Fue un momento muy tenso, nadie nos informaba qué era lo que deberíamos hacer o cuales eran nuestros derechos y obligaciones. Transcurrido éste tiempo, los pocos oficiales que hablaban callaron, fue entonces que observé que llegó un tipo enorme, de casi dos metros de estatura, de una complexión bastante robusta y que pesaría seguramente unos ciento veinte kilos por lo menos; era de tez blanca y vestía un pants color negro. Aparentaba cerca de treinta y cinco años de edad, aunque tal vez tendría más. Se sentó en la mesa y le acercaron unas hojas. Las leyó en silencio por espacio de cinco minutos y después con una voz muy grave preguntó a los oficiales: “¿Dónde está Robles?”. Nadie respondió, pero se acercó titubeante un tipo que no usaba uniforme, y con una voz tímida le contestó: “pidió permiso para irse comandante, tenía un problema en su casa”. “¿Y quien cabrones le dio permiso para irse?, ¡me vale madres!, ¡llámale y que se presente enseguida!”. “¡Sí señor!”.

Volvió por fin la vista a donde estábamos y en tono serio nos dijo: “A ver, ustedes tres, volteen para acá. Véanme y escúchenme bien porque no lo voy a repetir. Soy el Comandante Armas y estoy a cargo de ésta Casa de Arraigo. Ustedes estarán aquí por noventa días, ni uno más. Tal vez menos, pero ni uno más. El porqué están aquí me vale madres. Ese no es mi problema. A mi no me interesa si son narcos, secuestradores o terroristas. Tampoco me interesa si son inocentes. Mi única obligación con ustedes es su seguridad. Y su obligación para conmigo es que me obedezcan. Nada más. Lo demás es cosa del Ministerio Público. Ya les dijeron, tengo cámaras y micrófonos hasta en el baño. Yo sé hasta lo que cagan. Aquí todo lo vemos y lo escuchamos. ¡El Big Brother se queda chiquito comparado conmigo! Así que ya saben. ¿Tienen bronca con narcos, con secuestradores o con zetas?” preguntó. “No.” Respondimos. “Pues que bueno, porque los voy a meter con ellos.” Sentí un nudo en el estómago. Preguntó: “¿Porqué están aquí?”. Antes que le contestara como a Denise el “porque nos trajeron”, Marcos se me adelantó, y con una voz apenas audible dijo: “bueno es que yo, haga de cuenta, soy chofer, pero mi hijo tiene un problema en la próstata y yo le dije a él que me hiciera el paro. Bueno, él es el vendedor y yo el repartidor…”, “hicimos un desvío de pseudoefedrina” interrumpí a Marcos, ¿cómo que yo era el vendedor?, y dándole una breve explicación de nuestra situación se quedó callado. “Pues no entendí ni madres hijo, pero como ya les dije, ese no es mi pedo.” Y volteando hacia donde estaba uno de los guardias le preguntó: “¿A dónde, con quien?, ¡muévete, dame la lista!”. Le llevaron un par de hojas más y nos informó: “se van al segundo piso, habitación 207, van a ir de amarillo. Quiero que les quede claro una cosa, en ésta casa de arraigo tenemos mujeres, van a estar en el piso donde están ellas, donde me entere que uno de ustedes cruza siquiera la mirada con una de ellas, ¡ay!, van a desear no haber hecho lo que quiera que hayan hecho”, dijo y esbozó una leve pero sarcástica sonrisa. Se levantó y con un tono más grave ordenó: “A ver Fernández, llevate al Cártel del Doctor Simi a sus habitaciones.” “¡Sí señor!”. Sin embargo sólo dimos vuelta al vestíbulo y aguardamos un momento, al parecer iban a llevarnos a una nueva revisión médica y a pasar con el representante del MP. Mientras aguardaba a que primero Marcos y después Celestino pasaran con ellos, escuché lo que decía el Comandante Armas a alguna persona: “¿Para ésta pendejada me trajeron?, ¡que no mamen! Éstos no traen ni madres.”

Después de pasar al médico que hizo la enésima revisión ocular en busca de huellas de maltrato y con el MP, que únicamente nos informó lo que ya sabíamos: que la resolución del juez era la de arraigarnos por noventa días. Nos subieron por las escaleras hasta nuestra habitación. Ya en el segundo piso, subiendo la escalera había un escritorio. Ahí nos aguardaba un oficial de mediana estatura, moreno y barba de candado. De repente, su rostro se me hizo muy familiar. Éste nos dio las indicaciones: “A las seis de la mañana es el cambio de turno. Pasa el nuevo turno a tomarles lista. El oficial les grita sus apellidos y ustedes contestarán con su nombre. Pueden seguir durmiendo si así lo desean. Al diez para las siete se les da la orden para formarse. Ustedes lo hacen el pasillo del lado izquierdo. Las mujeres del lado derecho. Está prohibido hablar con ellas. Bajarán en forma ordenada al comedor. No pueden hablar. Si desean algo en el comedor, alzando la mano se les acercará un mesero o un oficial. Tienen quince minutos para tomar sus alimentos. Cuando se de la orden de formar, lo hacen de forma ordenada. Primero las mujeres, después ustedes. A las diez empieza la hora de visita. En cuanto llegue su familiar se les llamara e irá un oficial por ustedes. Siempre que salgan al patio deberán ir con la cabeza agachada y las manos detrás. Ya en el patio podrán comportarse más libres. La visita termina a las dos de la tarde. A las dos y media es la hora de la comida. A las cinco es la hora del descanso. Bajarán de nuevo al patio en forma ordenada. A las cinco y media suben. Sábados y domingos suben hasta las seis de la tarde. La hora de la cena es a las siete. Eso es todo.” Y entregándonos un par de camisetas de color amarillo nos dijo: “aquí manejamos a los internos por colores: el amarillo como ustedes, son lo que vienen por delitos contra la salud y delincuencia organizada. O sea, narcotraficantes y vendedores de drogas en general. Los de rojo vienen por delitos relacionados con secuestro. Los de verde, por lavado de dinero o fraude. Los de anaranjado por posesión de armas o terrorismo. Hay gente que se les viste de blanco, que casi no tenemos, ellos vienen por otro tipo de delitos que no están catalogados.” Y diciéndonos esto nos condujo a la habitación.

Todo estaba en silencio, ya que eran cerca de las tres y media de la mañana. La habitación 207 era la penúltima de un largo pasillo. Entramos y el oficial encendió la luz. Casi gritando dijo a los que domían en ella: “Hey, ya llegó el Cártel del Doctor Simi, no se pasen de gandallas con ellos.” Y pidiéndonos sarcásticamente que nos pusiéramos cómodos, cerró la reja y apagó la luz.

carcelsimbolo

El Arraigo Parte IV

incitatus  (agosto’08) imagen: internet

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~ por incitatüs en 6 septiembre 2009.

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