El Arraigo Parte III

Parte III
 
Los separos de la SIEDO están en la parte inferior del edificio. Para llegar allá desde las oficinas, es necesario bajar tres o cuatro pisos, atravezar un enorme patio, y bajar de nuevo hasta el sótano. En primer instancia se podía observar el estacionamiento, donde a oscuras, apenas puede visualizar unas diez camionetas suburban y un par de patrullas. También ví un autobús de la AFI. Del lado derecho había una pequeña sala que conducía a una puerta de madera, y al fondo una enorme puerta de acero color negro donde se encontraba el guardia de turno, un tipo alto de cabello recortado, un poco robusto y con unos anteojos de una graduación bastante considerable.
Justo al entrar a los separos regresó la luz. Así pudimos observar cerca de diez celdas de cada lado. Las rejas eran de color blanco y las paredes en crema. En medio del pasillo había unas bases hechas de cemento con las llaves del agua de los baños. Cada celda tenía una litera hecha de cemento, el retrete estaba detrás de la misma y junto un lavamanos. Al fondo, y pegado a la pared en la parte de arriba, un tubo del cual seguramente iría una regadera, y debajo, un agujero que llevaría una coladera. Las celdas no estaban terminadas. Todo en la SIEDO era nuevo.
El oficial de guardia nos pidió que nos quitáramos la ropa para hacer una breve revisión ocular. Después, nos pidió que nos vistiéramos, pero sin calcetines y que le quitáramos las agujetas a los zapatos. Me pidió también que dejara un collar que llevaba. Con tristeza lo hice, llevaba años sin quitármelo y me dolió entregárselo. Me arrepentí no haberlo dejarlo en el sobre amarillo que entregarían a mis familiares. Sabía que no lo vería de nuevo. Así, me condujo a una de las celdas del fondo, junto a la cual, había una persona que se había despertado al momento de llegar la energía eléctrica. Frente a la celda de éste, metieron a Marcos. Fué cuando por fin lo tuve de frente. Con una mirada triste me dijo: “Lo siento güey, no sabía que ésto pasaría.” No le contesté, pero le sonreí. Sinceramente pensé que él no tenía la culpa del todo, no me había obligado a hacer el desvío, pero no tenía ánimo para hablar de eso. Lo noté mal, se veía desesperado, pero ya no le dije nada. En eso, la persona que estaba en la celda contigua a la mia habló. Se presentó primero, dijo llamarse José Juan y que venía de Guanajuato acusado de secuetro y homicidio. Me tendió la mano de forma cortés tras las rejas. Tenía una manos pequeñas, por lo que pensé que alguien con las manos así no podía ser asesino de nadie. Preguntó el porqué estabamos ahí y Marcos le explicó brevemente. Yo preferí dormir un rato, acomodé unas cobijas malolientes y me acomodé de tal modo que no tuviera las rejas a la vista. De alguna manera no quería sentirme encerrado.
Unas horas después desperté en penumbra, ya que volvió a irse la energía eléctrica. Nunca en la vida había sentido una oscuridad tan abrumadora. Abrir los ojos y no ver ni mis manos, no escuchar nada, me hizo temer. Pensé que había muerto o por lo menos, empezaría a hacerlo. Imaginé que así era como se moría, dejando uno a uno los sentidos. Sentí que después dejaría de oler las cobijas malolientes y luego el sabor amargo de mi saliva, y por último el frio. Lo que no sabía es porque seguía consciente. Entonces pensé que estaba soñando. Me agradó en principio la idea. Pensé que al despertar estaría en casa, en mi cama y que ni siquiera me habían despedido de la empresa. Que a la mañana siguiente volvería a ser todo normal. Quise despertarme, pero seguía todo en oscuridad y silencio. Hasta que de repente llegó la energía y comprobé que seguía en la misma celda y con las mismas cobijas malolientes. Con la luz llegó tambien un sonido molesto. Era como el de una bomba de cisterna, agudo y bastante fuerte. Esa noche no volví a dormir.
Al siguiente día nos llevaron temprano el desayuno. Con el estómago lleno el humor cambia. El oficial de los anteojos enormes regresó después para llevarse la basura y preguntar si necesitábamos algo, a lo que respondí que necesitaba una armónica, ya que había visto varias películas donde los encarcelados las tocaban. Se rió de buena gana pero alcanzó a decirme: “Cómo, no güero, ¿no quieres que te traiga también un pastel?”. “Si le va a meter dentro una lima, sí”, respondí y mientras recogía las charolas de unicel se fué riéndo. Un nuevo guardia regresó a la media hora. Se dió cuenta que habían dejado a Marcos a la vista mia, y que estaba prohibido tener ese tipo de contacto. Lo pusieron de mi lado, pero cerca de la entrada, mientras que a mí me encerraron en la celda de José Juan.
Mientras unos albañiles empezaron a trabajar en algunas celdas, José Juan me contó su historia. Había llegado el mismo día que nosotros, pero inmediatamente lo llevaron a las celdas. Dijo que era diseñador gráfico y estaba casado. Tenía un niño muy chiquito. Le gustaba su trabajo pero había tenido un problema con su jefe. Al parecer éste se había acostado con su esposa. No entendí muy bien cómo, pero José Juan lo había amenazado de muerte. El caso es que secuestraron y asesinaron a su jefe, y obvio, éste era el primer sospechoso. Se justificaba diciendo que amaba a su esposa, y que hasta la había perdonado, que no tenía porqué matarlo, pero todo apuntaba en su contra. De repente algo interrumpió su charla. Llegó un nuevo inquilino. Se trataba de un tipo de mediana estatura, complexión robusta y abundante cabello. Al principio no puse mucha atención, preferí seguir acostado en la cama de arriba, pero José Juan seguía al pendiente de cada movimiento de lo que pasaba con el nuevo. De repente exclamó: “¡Éste güey sí que está mamado!.” A lo que me asomé y al verlo de espaldas, desnudo, observe unos brazos y piernas bastante musculosos. Volteó y tenía la expresión de un delincuente. Barba crecida, abundantes cejas y cicatrices provocadas por un acné severo. Pero lo que me llamó la atención no fué eso. En la celda de enfrente ya estaba Marcos, lo habían cambiado en el ajetreo de la llegada del nuevo, pero se llevaba las manos a la cabeza y se veía aún más desesperado. El nuevo inquilino era ni más ni menos que José Celestino.
Más tarde nos llevaron a Marcos y a mí para hacer nuestra declaración. Ya no sería el licenciado Tlacomán o algo así el que llevaría mi caso, sería el licenciado Islas. Me dijo que mi caso estaba muy raro, que era incomprensible el porqué me habían llevado, pero que trataría de sacarme lo más pronto posible. Me dijo que lo más que podían tenerme en los separos era un lapso de cuarenta y ocho horas, que podían ampliarlo a dos lapsos, pero no más. Declaré conforme a lo que sucedió, sabiendo que la mejor manera de defenderme era diciendo lo que había pasado en realidad. Confié en que Marcos haría lo mismo. Denise no abundó nada más de lo que ya me había preguntado la noche anterior. Pensé que todo iba por buen camino.
Esa tarde, y la del día siguiente mi mamá y mis hermanas me visitaron, a Marcos lo visitaron su esposa y una señora que supongo era su mamá. A José Juan y a José Celestino nadie fué a verlos. Pensé que porque José Juan vivía lejos y que al otro aún nadie sabía que estaría ahí. Después, el licenciado Islas fué sólo para informarme que seguía trabajando en mi caso y que aún no entendía el motivo porqué me habían detenido. Que buscaría la manera de ampararme. Sin embargo lo noté un poco tenso. Ésta vez no me dijo que no me preocupara.
Después de la media noche, un sonido estremecedor minimizó el eterno ruido de la cisterna. Se abrió abruptamente la puerta principal de acero e ingresaron varios oficiales y un tipo de traje. “¡Marcos Sánchez, Alberto Rivera y José Celestino!”, gritó uno de los guardias mientras apenas y razonábamos lo que pasaba, “¡Levántense!.” Nos levántamos y nos llevaron a la rejilla de prácticas que había servido antes para nuestras visitas. Ahí, Denise, con cara de pocos amigos y un señor que se notaba habían despertado a media noche y dijo ser el actuario del juez nos informaba una resolución: A partir de ese momento estaríamos arraigados por noventa días.
El Arraigo Parte III
El Arraigo Parte III

incitatüs(agosto’08)imagen: internet

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~ por incitatüs en 31 agosto 2009.

3 comentarios to “El Arraigo Parte III”

  1. HOLA, EXCELENTE HISTORIA, NO SABIA QUE ESCRIBIAS, ESTARE PENDIENTE DE LA SIGUIENTE PARTE, SALUDOS.

  2. Por fin he podido leer sobre “El arraigo”. Disculpa las ausencias, he estado liada con la mudanza.
    Me gusta la precisión con la que has narrado el texto y cómo lo has estructurado, en partes perfectamente diferenciables.
    Éspero el resto de los capítulos.
    Un abrazo grande, Alberto.

  3. Rafa:
    Gracias por tu visita.
    Espero sigas haciéndolo.
    Saludos!

    Yurena:
    Gracias y más gracias.

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