El Arraigo Parte I

Parte I

A Marcos lo conocí por teléfono. Recuerdo la vez que me llamó por vez primera: “¿Alberto?”, “Sí.” Respondí, “Hola güey, ¿cómo estás?, soy Marcos, el chofer de la ruta de Jardines.” Tenía ya dos años en la empresa, y si bien no era necesario conocer a ningún repartidor de mi zona, me gustó el hecho de que me llamara, ya que antes de él, el anterior repartidor al cual no conocí, había tenido algunos problemas con mis clientes y éstos me habían presentado varias quejas. “Hola, ¿que pasó?, ¿en qué puedo ayudarte Marcos?” contesté amablemente y correspondiéndole a ese aire de familiaridad con el que se presentó conmigo. “Pues nada güey, tu teléfono me lo pasó una de tus clientas, pero te hablo para proponerte un “bisness”, cómo ves?”. “Pues tu dime, a ver de que se trata”. El tono de voz de Marcos se volvió un poco mas grave a pesar de que empezó a hablar en voz baja, de inmediato noté que lo que iba a proponerme no iba a ser nada bueno.

En Casa Saba, una empresa dedicada a la distribución de medicamentos a farmacias y en la cual yo laboraba desde hacía mas de dos años, era de dominio popular, que tanto repartidores como representantes de ventas tuvieran esos nexos oscuros, en la que en base a engaños, ya fuera a los clientes, o a la misma empresa, se pudieran hacer algunos negocios por fuera, como vender mercancía sobrante, o hacer perderiza alguna factura o nota de crédito, para luego sacar tajo de la misma. En el tiempo que llevaba, tenía un historial bastante bueno, salía limpio de todas mis auditorias, no tenía problemas referente a clientes morosos y mucho menos, quejas de éstos o de la misma empresa por hacer mal uso de mi trabajo. En realidad me gustaba mucho mi empleo. Durante más de quince años mi familia tuvo una farmacia y estaba embalado en éste negocio desde muy chico. Me gustaba la atención que daba a mis clientes, la relación con los compañeros y jefes, e incluso podía decirse que portaba con gusto y orgullo la camisa de la empresa, era, supongo, lo que llamaban un empleado ejemplar.

“Mira güey, la verdad es que podemos sacar mucho dinero con el ‘Acti’, lo único que necesitamos es que lo factures a las farmacias que no te lo piden y yo se lo vendo a un señor que me las paga, y me las paga bien, te voy a dar una buena lana por cada pieza que saques”. Al “acti” se refería a un medicamento llamado “Actifed”, el cuál tenía como ingrediente en su formulación la sustancia llamada “Pseudoefedrina”, la cual sabía que era un elemento para la elaboración de drogas sintéticas. Era también de dominio público que algunos de los antigripales fueran usados para éste propósito. La mayoría de mis clientes me pedía éste medicamento en cantidades considerables, pero la empresa sólo me permitía venderles treinta piezas al día por farmacia. “No creo que se pueda, no hay existencia en bodega y quien sabe hasta cuando haya. Además casi todos me lo piden, no voy a poder facturar a nadie.” Contesté mas que nada por salirme pronto del asunto, para no enredarme con un negocio ilícito que podía traerme problemas. “No te preocupes güey, ya sé que no hay, pero luego te marco otra vez, aunque sea para conocernos y echarnos unas chelas, ¿cómo ves?”. “Sí, está bien.” Corté la llamada lo más pronto que pude, la verdad es que ya no quería tener relación alguna con él, se notaba que sabía de ese negocio y pues de cierta manera, no me interesaba en lo más mínimo.

Un mes después, todo cambió. La tarde del 25 de Agosto del 2006, volvió a llamarme. “¿Beto?”. “Sí, ¿qué pasó?”, dije sin reconocer el número de teléfono, pero sí su voz arguandientosa, “¿Qué onda güey, cómo estás?, ¿qué crees?, ya hay “acti”, y necesito que me hagas el paro”, me dijo sin chistar. “Van a operar el martes a mi hijo y la verdad necesito lana, no seas así, échame la mano, sólo ésta vez.” Debo confesar que soy un tanto débil de corazón, y de cierta manera me envolvió con el pretexto de la operación de su hijo. Después de casi diez minutos de planearlo en una conversación por celular, quedamos de acuerdo. Sacaría tres pedidos de Actifed de manera ilícita para poder vendérselos.

Al siguiente día, realicé ésta operación, mientras, toda la mañana me paseaba nervioso en casa, tenía el presentimiento que no fuera a resultar del todo bien, sin embargo, cerca de las dos de la tarde, Marcos me llamó y me confirmó lo contrario, me dijo que había dejado “mi pago” en el negocio de mi hermana, todo esto, para no provocar sospecha a nadie, ya que seguiríamos sin conocernos. Pero volvió a decirme, que todavía había existencias para dos o tres días más, que sería bueno que lo volviéramos a hacer.

Así lo hicimos. Cuatro días después, y con varios billetes de más en mi cartera, Arturo Torres, mi supervisor, me llamó al celular a media mañana: “¡¿Qué hiciste cabrón?!, tienes un citatorio para mañana porque te van a correr, ¡y a mí junto contigo!.” “¿A ti porqué?”, pregunté intrigado. “Porque vendiste Pseudoefedrina a farmacias que no te lo pidieron y soy directamente responsable de tus ventas.” Sentí un dolor en el estómago, ya había algunas consecuencias, y lo malo no era eso, era que había una victima inocente, mi supervisor y amigo Arturo Torres.

En la mañana del siguiente día, y con todas las cosas que iría a entregar para que la empresa me despidiera, llegué caci treinta minutos después de la hora en que me citaron. En la puerta, con celular en mano, y después de cuatro llamadas que me había realizado en menos de una hora preguntando a qué hora llegaría, Arturo se paseaba con mucho nerviosismo. Yo, riéndome más de nervios que de burla, traté de tranquilizarlo, le dije que ya había hablado con el repartidor y no lo íbamos a involucrar, y que nos echaríamos la culpa y aceptaríamos las consecuencias. Así fue. Después de entregar toda la documentación, de que me realizaran una última auditoria y de que me levantaran un Acta Administrativa, el jefe de Recursos Humanos me explicó que por tratarse de un desvío de Pseudoefedrina, la Empresa tenía que darme de baja, lo cual acepté de inmediato, excluyendo de toda culpa a mi jefe inmediato Arturo Torres. Así lo hicieron y me despidieron. Sin embargo no me dejaron ir inmediatamente, de alguna manera me entretuvieron un par de horas más.

Cerca de las cuatro de la tarde, un tipo alto, delgado, de tez blanca y escaso cabello, de unos treinta y cinco años de edad, vestido con pants y tenis blancos entró a la sala de Recursos Humanos, una hora después salió. Me vió, y con su dedo pulgar y una sonrisa triste me saludó. Entendí que era Marcos, el repartidor con quien había hecho el desvío y que también estaba siendo despedido. Salió, e inmediatamente después lo hicimos Arturo y yo, sin embargo alguien le dijo a Arturo que aguardara un momento, a lo que él me dijo que lo esperara afuera. No volví a verlo. Mientras, en el patio de las camionetas de reparto, una suburban de color azul oscuro y con las iniciales del AFI, se estacionó presurosa, de atrás del área de devoluciones salieron dos tipos altos, vestidos de civil quienes se acercaron a Marcos y lo detuvieron y mientras me decía a mí mismo: “¡Pobre Marcos, ya lo agarró la AFI!”, otros dos tipos se me acercaron pidiéndome que no me moviera, que estaba siendo detenido y que tenía que presentarme con ellos ante el ministerio público.

El Arraigo Parte I

El Arraigo Parte I

incitatüs
(agosto’08)
imagen: internet
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~ por incitatüs en 23 agosto 2009.

4 comentarios to “El Arraigo Parte I”

  1. Algunas personas no lo leyeron la vez anterior, aquí dejo de nuevo la serie.
    Espero comentarios y críticas.
    Saludos.

  2. Saludoss Tocayo te quedó supper

  3. Que paso mi estimado Beto! esta primera parte te adentra en la historia y te pone en tus zapatos!

  4. Tocayo I:
    Gracias, lee todo, eh?

    Tocayo II:
    Gracias Pepe, espero te agrade toda la serie.
    Saludos.

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