Raquenel

La noticia de la muerte de la abogada regiomontana Silvia Raquenel Villanueva me ha causado un par de sentimientos encontrados. El hecho del asesinato a manos de sicarios de una mujer que, aunque polémica, defendía a capa y espada su postura por el hecho de defender ante los tribunales de justicia a gente vinculada con el Narcotráfico, como en el caso del capo Juan García Abrego, así como el también polémico caso del presunto infanticida Diego Santoy Riveroll, que había asesinado a los hermanitos pequeños de su entonces novia.

 

Así mismo, fue reconocida por haber sobrevivido a cuatro atentados contra su vida a lo largo de un poco más de diez años, donde no sólo con balazos, sino hasta con bombas, habían sido insuficientes para terminar con su vida, y por algunos corridos o canciones que algunos artistas le habían dedicado precisamente por su polémica carrera. En el año del 2006 fue arraigada por autoridades federales al implicarla en la desaparición de un agente del Ministerio Público Federal en el estado de Guerrero, pero fue puesta en libertad al cabo de tres meses por falta de pruebas. Ahí justamente fue donde la conocí.

 

Llevaba un par días en el Centro Nacional de Arraigos de la Ciudad de México en donde se me investigaba por Delincuencia Organizada y Delitos contra la Salud gracias a una denuncia que había puesto la empresa en la que laboraba, cuando la licenciada Silvia Raquenel Villanueva llegó al segundo piso de ese inmueble. Recuerdo el alboroto que causó su sola presencia. Desde el primer momento y hasta el final, nunca dejó que se pisotearan sus derechos, ya que, alegaba, el arraigo judicial era un acto totalmente inconstitucional y no solo atentaba sus garantías individuales, sino la misma soberanía nacional. Ella había exigido de cierta manera, estar al margen de la “población” que en ese entonces nos “hospedábamos” en dichas instalaciones, lo cual, y de manera arbitraria, se le había concedido, ya que no sólo se le consignó un cuarto aparte de la demás internas, sino el tiempo en el teléfono a la hora de hacer las llamadas a las que todos teníamos derecho, ya que nos daban sólo tres tandas de tres minutos por día, donde ella tenía hasta media hora en cada una de sus varias oportunidades al teléfono. Sin embrago, no era desagradable la mujer, o al menos en lo que respecta a la forma en que se comportaba tanto con los oficiales y custodios, como con los arraigados. Cada mañana, justo antes de bajar a desayunar, esperaba a que todos los “huéspedes” bajáramos mientras con la mirada trataba de reconocernos a todos. La mayoría bajaba callado, sin voltear a verla, otros, los menos y que sí reconocíamos de quién se trataba, le saludábamos con un simple “buenos días licenciada”, a lo que sonriente nos respondía “buenos días” con ese acento norteño tan característico. En la hora de visita de los familiares y amigos, su mesa se encontraba aparte. Tenía un área en donde solo la gente que iba con ella se apartaba. Nunca escuché sus pláticas, pero seguramente se  tratarían en lo relacionado a su caso así como de los que ella aún seguía atendiendo desde ahí. Ella fue la principal promotora de que se nos oficiara una misa en honor a San Judas Tadeo, del cual, supongo, era devota. Gracias a ella se colocó un altar justo en patio de visitas de la del Casa de Arraigo.

Raquenel diciendo a los medios de comunicación que es ella en el Centro de Arraigos

Raquenel diciendo a los medios de comunicación que es ella en el Centro de Arraigos

No puedo evitar el recordar la noche que me dictaron la libertad del arraigo. Después de despedirme de los compañeros del cuarto y recorrer el pasillo, la mayoría de los inquilinos se asomaba tras las rejas de sus habitaciones. Algunos, sobre todo las mujeres, me gritaban buenaventuras y me felicitaban por salir de ese pequeño infierno y poder irme a casa. Otros, sólo se limitaban a observar quién era el que se iba ya libre. Sin embargo, mi recuerdo llega justo a la mirada de la licenciada Raquenel Villanueva, quien tranquila, y frente a la reja de su habitación, me sonrió y entrelazó sus dedos en señal de felicitación. Yo no pude más que agradecerle y sonreírle de igual manera.

 

Hoy, la licenciada Silvia Raquenel está muerta. No tuvo la misma suerte que en sus cuatro atentados anteriores de salir ilesa. Al buscar en Internet un poco de información para redactar éste artículo, me encuentro con las imágenes de su cuerpo tirado en el piso, lleno de sangre. Su blusa, de color rojo, justo del color que usaba en la Casa de Arraigo. No sé y seguramente no sabré los motivos por el cuál fue asesinada de manera tan despreciable y tan vil. No sé y seguramente no sabré si haya obrado de manera correcta durante su vida. Sin embargo, éste día, creo que pediré a San Judas Tadeo por su alma. Descanse en paz, licenciada.

 

 

incitatüs

(agosto’09)

 

imagen: internet

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~ por incitatüs en 12 agosto 2009.

3 comentarios to “Raquenel”

  1. Los sentimientos encontrados es realmente sentirte vivo, es lo q realmente se transmite, es de lo q en ese momento estuviste hecho, el recordar es volver a vivir, y creo q volviste a vivir esa etapa de tu vida.

  2. Ay, Alberto. Aún, a pesar de ver y leer todos los días noticias de este tipo, uno no se acostumbra a ellas. El día que comience a hacerlo, es que entonces algo irá mal. Lo único que podemos hacer es que no se nos enrolle la lengua y poder opinar libremente, llamando cada cosa por su nombre.
    Un abrazo grande.

  3. Tocayo Cuando Falleció pensé similar a ti

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